Martha Argerich, en el medio de la grieta

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Jorge Martínez de León

 

 


Publicado en la edición impresa de Revista ProMúsica, número 45.


 

La inauguración del Centro Cultural Kirchner a fines de mayo prometía ser el reencuentro de Martha Argerich con el público de Buenos Aires después de una desagradable experiencia del Festival Martha Argerich de 2005, a causa de conflictos gremiales en el Teatro Colón. El año pasado, la reconocida pianista argentina regresó junto a Daniel Barenboim, pero ahora la propuesta fue una Semana Argerich de conciertos en el marco de la inauguración del Centro Cultural Kirchner, ubicado en el edificio en el que funcionaba el Correo Central.

Al cierre de esta edición se conoció la decisión irrevocable de Martha Argerich de no participar en esa inauguración, por razones todavía confusas, en el medio de una campaña electoral. Pero más allá de este frustrado acontecimiento subyace una noticia importante, opacada por chicanas y discusiones, que ya explicaremos.

El primer sospechoso es el mayordomo

A fines del año pasado, un desprendimiento de la mampostería cercana al foso de la orquesta del Teatro Colón originó cierta preocupación en los músicos, porque desde la altura adquirían la velocidad de un proyectil. Las autoridades colocaron una antiestética malla de protección, al tiempo que fijaban sus miradas inquisidoras en los arquitectos responsables de la restauración de la sala terminada apenas un año atrás.

Igual que en las clásicas novelas policiales, los primeros sospechosos resultaron ser inocentes. Cuando se revisó la agenda de conciertos de música popular de todo un año y la consiguiente agresión de equipos de amplificación, apareció la verdadera causa del tembladeral.

En esta historia hay dos verdades incontrastables:

1) el Teatro Colón fue diseñado y construido más de un siglo atrás, para la representación de espectáculos líricos, y

2) no existe en Buenos Aires la gran sala de conciertos que contemple la existencia de un público numeroso, culto y atento a las propuestas de jerarquía.

 

En estas mismas páginas decíamos años atrás, que la Argentina necesitaba la construcción de una sala de conciertos que albergara orquestas y solistas de toda índole. Una como la Salle Pléyel de París, o el Concertgebouw de Amsterdam, el Royal Festival Hall de Londres o el Carnegie Hall de Nueva York, donde también tienen su lugar los músicos populares, que no buscan acudir al MET o al Palais Garnier, o al Covent Garden, para adquirir un improbable prestigio, que sólo alcanzaría, como dirían en mi barrio “para deslumbrar a la gilada”.

En los años 40, cuando un jóven bandoneonista, Astor Piazzolla, arreglaba con ideas de vanguardia las partituras de la orquesta de tango de Aníbal Troilo, los músicos veteranos le reprochaban las dificultades: “Che, pibe! ¿Por qué no te vas al Colón?”. Hoy, a la inversa, puede comprobarse que cualquiera va a cantar al Teatro Colón, apoyado por una parafernalia de micrófonos y amplificadores, que atentan contra la estructura arquitectónica que sustenta una acústica privilegiada.

Puede hacerse una simple tarea de campo en materia de sonido. Alcanza con asistir a una fiesta de casamiento o un cumpleaños de 15 para sufrir en nuestros tímpanos el nivel absurdo de agresión de los amplificadores.

 

En un Informe sobre los Pliegos de Licitación de las Fachadas, la Sala y el Salón Dorado del Teatro Colón, elaborado en marzo de 2008, el arquitecto Fabio Grementieri se refiere a dos importantes trabajos de evaluación acústica que incluyen a las principales salas del mundo. “El primero es un estudio realizado en el año 2000 por Leo Beranek -uno de los más destacados investigadores contemporáneos en acústica arquitectónica- y Takayuki Hidaka, publicado en el Journal of the Acoustical Society of America. A partir de una encuesta sobre la calidad acústica de los principales teatros líricos del mundo, a la que respondieron destacados directores de ópera, el Teatro Colón figuró en el lugar más destacado: el trabajo de Beranek puso en evidencia numérica lo que, entre los músicos, era un hecho aceptado: el Teatro Colón es el mejor teatro para ópera del mundo”.

 

Después de años y años de lamentar la invasión de artistas extraños a las condiciones de una sala centenaria, debe saludarse la creación de una sala de conciertos como la del Correo Central, dejando constancia de que no implica una adhesión política al gobierno actual. La Argentina es uno de los pocos países donde un periodista debe agregar la muletilla “yo no lo voté”, cuando elogia, objetivamente, una medida de gobierno.

 

Más allá de las cuestiones estéticas, políticas, y coyunturales, las acusaciones de sobreprecios, la excesiva potencia eléctrica que requiere el complejo cultural, etcétera, etcétera, la realidad indica que Buenos Aires tendrá a partir del 25 de mayo, una sala de conciertos moderna, con los últimos adelantos tecnológicos, de acuerdo al interés de un pueblo culto, y donde también tendrán su lugar los artistas populares, en un edificio extraordinario, de inconmensurable valor histórico y arquitectónico, único en Latinoamérica, que disfrutarán de ahora en más varias generaciones de argentinos:

¡Esa es la noticia!

One thought on “Martha Argerich, en el medio de la grieta

  1. Magdalena Scotti

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    Felicitaciones por la revista, que nos acerca a la vida cultural de esa gran ciudad que es Buenos Aires. Desde Montevideo, sería importante encontrar los programas del teatro Colón y demás, para poder incluir este tipo de actividades en las visitas de los montevideanos. Que no son pocas! Sería un estupendo servicio. Sólo veo las de la recientemente inaugurado y espléndido Centro Kischner. Gracias !

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