Análisis de la temporada lírica y musical 2015

echevarria firmapor  Néstor Echevarría


Publicado en la edición impresa de Revista ProMúsica, número 45.


 

Comenzando con la presente temporada del Teatro Colon de Buenos Aires,  deseo destacar como una  intención positiva por sus alcances de difusión y por el resultado obtenido de respuesta del público,  la  del ciclo Beethoven, con la ejecución en cinco conciertos de sus nueve sinfonías.

En el marco del mencionado ciclo que la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires desarrolló con su batuta titular, el maestro mexicano Enrique Arturo Diemecke, fueron desfilando en el curso de cinco conciertos (agrupándolas de a dos, en los cuatro primeros y reservando el cierre para la emblemática Sinfonía N° 9 “Coral”, se fueron desenvolviendo las sesiones con una asistencia muy masiva, a la vez que la admisión a los ensayos libremente en los horarios habituales de la orquesta permitió también expandir esas alternativas.

Por razones de espacio y a manera de ejemplificación, quiero señalar aquí un concierto que me pareció  bien logrado y satisfactorio, cuando llegó el turno a la Sinfonía Nº 6 en Fa mayor, opus 68, “Pastoral” que es sin duda otra de las emblemáticas  creaciones del genio de Bonn.

Y aquí nos encontramos con una obra diferente, descriptiva y evocativa de la naturaleza, iniciadora si cabe del futuro poema sinfónico. Esa nueva  veta poemática aparece en sus propios anotaciones, al escribir en la partitura la frase  “más una expresión de sentimientos que pintura sonora”

En ella impera la serenidad, como los sonidos del campo, calificándola alguna vez de “sinfonía pastorella” (sic) donde se perfilan los cantos de pájaros, cornos  de caza, flautas de pastores y otras analogías al paisaje y el hábitat pastoril a través del lenguaje instrumental.

Por lo tanto, queda bien expresada en esta partitura beethoveniana, descriptiva y sentida, un despertar de alegres sentimientos campestres, escenas junto al arroyo, el encuentro de campesinos y hasta la tormenta en el campo, cerrando la obra de unos cuarenta minutos de duración, la canción del pastor,con júbilo y gratitud tras la tormenta.

Bajo la diestra preparación de Diemecke, los grupos instrumentales de la Filarmónica dieron evidencias de ajuste y sincronía, en las cuerdas, las maderas y los metales, en un testimonio beethoveniano vertido con nobleza y trasmitiendo al espectador esa serena nostalgia campestre que el autor  quiso  relacionar con  sentimientos y vivencias propias.

Como la “Pastoral” se convirtió en la protagonista principal del concierto,  poco puede agregarse sobre su compañera del programa, la Sinfonía N” 4 en Si bemol mayor, opus 60. interpretada en la primera parte.

Su estreno tuvo lugar en el palacio del príncipe Lobkowitz en 1807, un año antes que la “Pastoral”, que surgió a la luz en  la misma ciudad de Viena pero en el histórico teatro “An der Wien”, todavía hoy vigente, muy bien conservado según lo he comprobado personalmente.

Los cuatro movimientos de esta cuarta sinfonía denotan una estructura canónica pero no asoma en ella un nivel similar de virtuosismo y es en todo caso transicional, perteneciendo a una época complicada en la vida artística y sentimental del compositor. La versión escuchada dejó el saldo de una correcta y ajustada exposición.

 

La temporada lírica del Colón : “Werther”

 

La inaugural de la temporada lírica del primer coliseo, con la massenetiana “Werther”, una opera basada en “las desventuras del joven Werther” del gran poeta alemán del romanticismo Johann Wolfgang Goethe, que el compositor francés estrenara justamente en territorio de habla alemana (en Viena, en idioma germano, en 1892 como consecuencia de un incendio declarado en la Opéra-Comique de París).

La deserción del tenor mexicano Ramón Vargas descargó el rol principal en el joven colega belga Mickael Spadaccini, que provisto de un material apreciable en cuanto a volumen y extensión, todavía carece de un manejo del legato, complementado también con carencia de afinación precisa y desigualdad emisiva. Y a la vez, una labor actoral extrovertida y fogosa, contrastante con el concepto massenetiano, lo cual perjudicó su accionar en las bellas páginas, como  “Pouquoi me reveiller” incluida. Por cierto que fue empeñoso y podrá ir puliendo algunos de esos factores que hoy influyen en su plasmación del personaje.

La reaparición de Ana Caterina Antonacci, la mezzo itálica que ganara fama hace más de dos decenios (hoy tiene cincuenta y tres años) y su experiencia sirvieron  para que pusiera en  juego delicadeza y su “aria de las cartas” fuera de algún modo un parámetro para entender su capacidad mantenida desde el recordado“Ermione” de Rossini en aquel estreno   memorable de la década del noventa.

Por eso la joven soprano rosarina Jacquelina Livieri (Sophie) se destacó especialmente con su voz bien timbrada y línea musical y el barítono Hernán Iturralde cumplió con un buena personificación del personaje de Albert, el esposo de Charlotte que integra el triángulo amoroso del tema goethiano

Una orquesta correcta simplemente y sin brillanteces dirigida por Ira Levin y un buen trabajo del Coro de Niños del teatro preparado por César Bustamante, completado  por  buen trabajo de los comprimarios de reparto (incluido el bajo ruso, de San Petersburgo, Alexander Vassiliev )  intervinieron en una puesta integral  (régie, escenografía y vestuario) de Hugo de Ana, que fiel a su experiencia tecnológica de escena no dejó de acudir a proyecciones y simbologías no siempre entendibles, en un complicado mecanismo de  entremezclar momentos realistas con alusiones propias, todo armado como denota siempre, con solvente ejecución técnica.

 

Por otros teatros liricos

Sabido es que el Teatro Argentino de La Plata, el segundo en importancia en nuestro medio, pasó por  conocidas vicisitudes que se fueron superando con la preparación y anuncio de la nueva temporada. Pero volvió la inquietud cuando en la velada de apertura lírica fue reemplazada la destacada soprano platense Paula Almerares como protagonista de “La traviata”  de Giuseppe Verdi, en función que fue “revival” del año anterior y que, por tal razón, reiteró las características de la misma (una puesta controvertida y extravagante de Willy Landin, que con sesgo propio e intención surrealista plantea un contexto escénico dividido y poco funcional con figuraciones y coreografías que por momentos adquieren un tono ironizante y satírico.

Pero musicalmente funcionó bien la versión, dada la eficaz respuesta de sus Cuerpos Estables a la batuta de Carlos Vieu , actual titular de la orquesta. El coro por ejemplo, dirigido por Hernán Sánchez Arteaga se mantuvo en un apreciable nivel de calidad,  en tanto los solistas principales  tuvieron en Marina Silva, entrerriana de origen,  un elemento en crecimiento, de grato material de soprano lirica y apreciable escuela, que lució sobre todo en el “Addio del passato” del acto final.

A su flanco, Dario Schmunck (tenor) y Omar Carrión (barítono) en desempeños correctos ya juzgados en las funciones del año anterior, completaron con los otros papeles de flanco un esfuerzo que podrá augurar para el teatro platense una recuperación y regreso al ritmo habitual. Así lo esperamos todos.

En el Teatro Avenida de Buenos Aires, verdadero bastión en estos últimos tiempos de las asociaciones liricas privadas, fue Juventus Lyrica la primera en romper el descanso en esta temporada al presentar por primera vez en su repertorio la conocida ópera verista “Andrea Chénier”, de Umberto Giordano.

Esta partitura lírica, como es sabido, tiene su historia de grandes protagonistas que la han sostenido en el repertorio. El esfuerzo de la entidad fue por tanto plausible y la deserción de Gustavo López Manzitti para el protagónico casi sobre la hora también pudo generar  preocupaciones que con la participación de  elementos propios, formados en  la entidad,  fueron superadas.

Porque el fuerte de la Asociación, está también en la idea de equipo y la conjunción de esfuerzos, y con la experimentada batuta del maestro Antonio Maria  Russo y la probada solvencia y dedicación de Ana D’Anna, pudieron llegar a una versión  digna y cuidada que puede sumar otro aporte a la entidad de diecisiete años de vigencia permanente con sus temporadas en el Avenida, tradicional teatro de la Avenida de Mayo que se ha convertido como decía mas arriba  en un positivo centro de proyección y de lanzamiento si cabe de muchos  cantantes, en esa misión a la que Juventus nos tiene acostumbrado con su esfuerzo, perseverancia y aportes a la formación de artistas y también de públicos.

Mientras tanto, Buenos Aires Lírica, en el comienzo de su nueva temporada  en el Avenida,  puso en escena  “Tosca”, de Puccini, por  primera  vez. Y en ella, el trabajo de la soprano Mónica Ferracani sobre el personaje protagónico, tanto vocal como escénicamente, manejando la emisión con sumo acierto y pulcritud, y el rango expresivo ya sea en la delicadeza como en los instantes bravíos, le dieron un  nuevo triunfo en su dilatada carrera, que atraviesa un momento de madurez  reconocido. La nivelación del registro, fue impecable en el “Vissi d’arte”, por ejemplo, el aria mas ovacionada de la función.

El tenor Enrique Folger planteó un Cavaradossi efusivo y vibrante, de tendencia verista quizás muy marcada pero efectivo en sus arias e intervenciones, en tanto la composición del bajo barítono Homero Pérez Miranda dio el perfil siniestro del jefe de policía romana, con seguros recursos vocales, y lo vertió con nobleza y acierto en su fraseo y gestualidad. La orquesta y el coro de Buenos Aires Lírica, conducidos y preparados respectivamente por Javier Logioia Orbe y Juan Casasbellas, supieron aportar a esta celebrada ópera verista una interpretación consistente y enjundiosa, a la que se añadió el  empeñoso coro de niños Petites Coeurs  dirigido por Rosana Bravo.

Estudiada y acertada la puesta escénica de Marcelo Perusso,a cargo de la “régie” y escenografia,  que contó con el prolijo vestuario de Stella Maris Muller y la iluminación de Rubén Conde.

Combinando elementos corpóreos escenográficos con proyecciones sobre un tul permanente en la boca de escena, y logrando efectos ópticos de angulosidad perspectívica, potenció la sensación espacial del  reducido escenario del Avenida , que ronda los nueve metros  de profundidad, con proyecciones a planos de fondo, ambientando y dando espacialidad al contexto del primer acto, sobre todo con el gran fresco coral del Te Deum, y a la escena final, sobre la terraza del Castel Sant’Angelo. En suma, ponderable esfuerzo y resultado.

 

 

Presencia de  orquestas extranjeras

Este comienzo de temporada musical también se vio ligado a presentaciones de orquestas y conjuntos extranjeros,  como por ejemplo lo hizo en el Teatro Colón el Mozarteum Argentino, presentando a la distinguida agrupación alemana Bach-Akademie de Stuttgart,  juntamente con el coro del Bach Collegium-Gächinger Kantorei.

Nacida para homenajear al coloso Juan Sebastian Bach, con el empuje y talento de su fundador Helmuth Rilling, presentó esta vez con su actual director Hans-Christoph Rademann (desde 2013) un homenaje a Georg Friedrich Haendel, con el admirable oratorio “El Mesías”, de este gran genio del barroco operístico y de música religiosa y profana ligada a esa Inglaterra a la cual consagró la mayor parte de su vida y donde tomó también su ciudadanía.

En la ejecución de esta obra (reducida en cuatro de sus cincuenta y dos números) se  advirtió más  una condición  de mesura y recato, parámetros con que el director germano, a cargo de ambos ensambles, aborda el repertorio con solvencia pero con una intencionalidad mas camaristica, intimista y propia, exhibiendo un correcto lenguaje pero también carencia de contrastes, de claroscuros por lo que el exultante “Aleluya” resultó poco “pregnante”, por usar una figuración de raíz semiológica.

Los cuatro solistas vocales estuvieron correctos, en especial la soprano Johanna Winkel y el bajo (en realidad un barítono de escaso volumen pero algo más expresivo) Markus Elche. Completaron  el tenor alemán Sebastian Kohlhepp y la mezzosoprano noruega Ann Beth Solvang con discreta eficacia.

 

Desde Rusia

En tanto, en la sala del Teatro Coliseo, la entidad  Nuova Harmonia, abrió su temporada  con la presentación  de la Orquesta Sinfónica Académica Estatal de Rusia “Evgeny Svetlanov”, nombre que le fue impuesto hace diez años de los setenta y ocho que tiene ya desde su fundación, en homenaje a uno de sus directores de mayor trayectoria allí.

Impresionó favorablemente con sus ochenta y tres instrumentistas, y su director Terje Mikkelson , como un organismo de  gran disciplina y justeza, bien compenetrado, comunicativo y sólido. Aparte de la intrascendente obra de Johan Halvorsen (la Rapsodia Noruega N°1 que inició la velada ) fue excelente la ejecución del Concierto en Si menor para violoncello y orquesta, op.104, de Antonin Dvorak, que contó con un  instrumentista ruso de la joven generación, Alexander Buzlov, de impecable estilo, precisión técnica y “toucher” matizado y vibrante.

Para finalizar el concierto, no podía ser otro que el gran Piotr Ilych Tchaikovski el homenajeado con su Cuarta Sinfonía en Fa menor, op. 36 Allí pudo juzgarse el ajuste, la gradación sonora bien balanceada y la calidad del tan numeroso grupo instrumentistas que abarrotó el escenario de la sala de la calle Marcelo T. de Alvear. En suma, una presencia con un solo concierto, pero que dejó satisfechos y sorprendidos a muchos.

 

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